…sobre escribir, mirar y devolver el tiempo

El siguiente texto surge como una suerte de respuesta epistolar al artículo publicado hace unos días por Alfonso Parra AEC en IMAGO y otras asociaciones. Más que una réplica en sentido estricto, se trata de una prolongación reflexiva: un intento por habitar las preguntas que el texto propone y desplazarlas desde una escritura que asume -en los tiempos del scroll perpetuo-, la demora, la duda y la experiencia como parte constitutiva del pensamiento. En ese sentido, esta carta no busca cerrar una discusión, sino, por el contrario, abrir un espacio de interlocución donde la estética, el tiempo y la práctica cinematográfica puedan seguir pensándose en movimiento. El carácter epistolar de esta publicación propone, además, una carta abierta: una invitación a que otros —directores de fotografía o no— interesados en el tema se hagan partícipes, intervengan y lleven esta discusión más a fondo.

La publicación de Alfonso Parra ha sido descargada desde el sitio de IMAGO y puede consultarse. Haz aquí.

Querido Alfonso:

…Sobre escribir, mirar y devolver el tiempo

Tal vez empezar esta indagación lenta —o mejor, humilde análisis— de tus necesarias y acertadas reflexiones sobre nuestro oficio, con lo primero que se me vino a la cabeza, sea una forma honesta de abrir un debate requerido en este tiempo aligerado. Como te decía antes, y guardando todas las distancias, a la manera epistolar de José Luis Guerin, Jonas Mekas o Chris Marker.

Vuelvo a escribirte —y uso deliberadamente el verbo volver— porque, si algo me queda después de leer nuevamente tu texto, es precisamente la sensación de que esta forma epistolar no es un simple recurso retórico, sino una posición, casi una toma de postura frente a la imagen, frente al pensamiento y, sobre todo, frente al otro. En ese sentido, más que responderte, lo que intento aquí es sostener una relación: una distancia que no es ausencia, sino condición misma del pensamiento compartido, como si esta carta —que en realidad no lo es del todo— necesitara ese intervalo para existir, ese pequeño desfase entre lo que dices, lo que pienso y lo que ahora escribo.

Pienso entonces que tal vez escribir así —en esta deriva entre lo íntimo y lo reflexivo— tiene algo de lo que algunos textos sobre cine epistolar señalan: no se trata únicamente de transmitir una idea, sino de construir un espacio donde la subjetividad no se impone, sino que se expone, se desplaza, se vuelve inestable, y en ese movimiento aparece algo más cercano a una forma de intersubjetividad que a un discurso cerrado. Y quizá por eso empiezo de manera un poco lateral, porque no estoy del todo seguro de estar respondiendo a tu texto o, más bien, a lo que tu texto produjo en mí, que no es exactamente lo mismo.

Me pasa —y aquí aparece de nuevo esa costumbre que no sé si es método o enfermedad— que lo que leemos se contamina inevitablemente con lo que estamos viviendo, como cuando de adolescentes nos llegaba el despecho y, con él, todas las canciones parecían escritas “para mí”; pero en este caso esa contaminación tiene nombre de antropólogo australiano: Michael Taussig. Estoy leyendo Belleza y violencia, y no deja de parecerme significativo que ese mismo autor sea conocido en el norte del Cauca como Mateo Mina, como si ya desde ahí —desde ese desplazamiento de identidad— se insinuara algo que tiene que ver con la estética, con la representación, con la forma en que una presencia se transforma al pasar por otro contexto, otro cuerpo, otra mirada.

Y es desde ahí que aparece una primera incomodidad: si este texto estuviera dirigido a ese espectador contemporáneo que mencionamos casi siempre —ese espectador distraído, fragmentado, capturado por la lógica del scroll—, entonces probablemente debería empezar de otra manera, quizá con una afirmación más directa, más eficaz, algo que compita con la velocidad de lo inmediato; pero lo cierto es que no puedo, o no quiero hacerlo, porque la pregunta que aparece de fondo no es cómo captar su atención, sino si realmente le debemos algo o, incluso más radicalmente, si realmente queremos llegarle.

No tengo una respuesta clara, y tal vez por eso prefiero desplazar esa figura, sacarla momentáneamente del centro, no por desinterés, sino por necesidad, porque escribir —y esto lo digo con cierta insistencia últimamente— no es necesariamente un acto de seducción, sino una forma de pensamiento que ocurre en el tiempo y que necesita de ese tiempo. De ahí que la primera frase que se me impone, casi como si no la hubiera pensado del todo, sea esta: querido tiempo que no admite repetición, frase que no sé bien a quién le habla —si al cine, al presente o a mi propia demora—, pero que, en cualquier caso, introduce algo que atraviesa todo lo demás: la irreversibilidad.

Y es aquí donde tu texto se vuelve particularmente incisivo, porque al hablar de poscinematografía introduces una transformación que no es menor: la imagen ha dejado de ser necesariamente una huella, ha perdido ese vínculo material con el mundo que durante tanto tiempo funcionó como garantía, y la luz —que en otro momento era evidencia— ahora puede ser generada, manipulada, perfeccionada hasta borrar toda fricción. En tu texto sobre la poscinematografía, según lo entiendo, se plantea precisamente eso: que la imagen ha perdido su condición de huella, su vínculo material con el mundo. Pero, volviendo a Taussig, la potencia estética no depende únicamente de esa huella; depende de la capacidad de la imagen para producir conocimiento sensible, para atravesar el cuerpo.

Entonces la pregunta cambia de lugar, o tal vez se desplaza: ya no es solamente si la imagen ocurrió, sino si ocurre en nosotros, y más aún, cómo hacer para que ocurra. Y esta pregunta —que en apariencia es técnica y narrativa— se convierte rápidamente en una pregunta sobre la enunciación misma, sobre quién habla en la imagen, desde dónde, hacia quién y en qué tiempo, porque, como bien señala la teoría de la enunciación, no es lo mismo el acto de decir que aquello que queda dicho, no es lo mismo el sujeto que enuncia que el sujeto que aparece en lo enunciado.

Quizá por eso mi lentitud —que podría parecer una dificultad— entre la lectura y esto que se sospecha como respuesta se vuelve aquí una forma de coherencia, porque esa experiencia de la que hablamos no es inmediata, no se resuelve en el primer impacto, sino que necesita tiempo, incluso incomodidad, incluso retraso; a veces uno no sabe qué vio sino mucho después, como si la imagen siguiera trabajando en ausencia —como lo hacen las buenas películas, los buenos libros y, en general, las prácticas artísticas que portan en sí una verdadera relevancia, muy lejos de lo que ocurre con el scroll perpetuo—, como si la carta continuara escribiéndose incluso después de haber sido enviada.

Y es en ese punto donde la distancia epistolar —esa que parecía simplemente formal— adquiere un peso distinto, porque no es solo distancia entre dos personas, sino entre el momento de la experiencia y el momento de su comprensión, entre la imagen y su efecto, entre el tiempo que se entrega y el tiempo que devuelve algo. Y ahí aparece inevitablemente Viktor Kosakovsky, recordándonos que ese tiempo no es abstracto, que es vida irrepetible y que, por lo tanto, no puede ser tomado sin una responsabilidad.

Pero entonces aparece otra tensión, que tú también señalas: en un contexto donde la imagen puede hacerlo todo, donde puede corregirse, optimizarse, perfeccionarse, el riesgo parece desaparecer, y con él, algo esencial; porque, si seguimos a Taussig, la estética no tiene que ver con la corrección, sino con la intensidad, con esa vibración que altera, que desordena, que convoca, y convocar —esto me parece clave— implica siempre un riesgo, una posibilidad de fallo, de desajuste, de no encajar del todo en el sistema.

La belleza, desde ahí, no es armonía. Es choque. No es pulcritud. Es intensidad. Y esa intensidad no siempre es cómoda. Y, bajándome de nuevo por un instante de la disociación, diría que, al parecer, a los cineastas de hoy (o a la propia humanidad de siempre ¿?) les gusta permanecer en su cerrado espacio de confort, y no donde les incomode. Intentando volver de la disociación, veo a mi gato Lars contemplando el infinito en la ventana, y recuerdo que Lars von Trier dice que el cine debe ser como una piedra en el zapato.

Y, sin embargo, lo que vemos con frecuencia es otra cosa: una imagen impecable, aislada, desenfocada en su entorno, que funciona perfectamente dentro de una lógica industrial, pero que deja abierta una pregunta incómoda: ¿produce experiencia o produce consumo? Porque el shock también puede producirse sin transformación, y el algoritmo lo sabe, pero lo que aquí está en juego —y vuelvo a Taussig— es otra forma de intensidad, una que no se agota en el impacto, sino que continúa trabajando, desplazando, afectando.

Tal vez por eso empiezo a pensar que la belleza —si aún podemos usar esa palabra— no tiene que ver con la armonía ni con la coherencia, sino con la capacidad de la imagen para restituir algo que parece haberse perdido: espesor, mundo, fricción; una belleza que no tranquiliza, sino que inquieta, que no confirma, sino que desplaza, y que, en ese sentido, se acerca más a una práctica de atención que a una categoría formal.

Y aquí vuelvo, inevitablemente, al inicio, a ese gesto de escribirte, porque si algo permite esta forma epistolar es precisamente sostener esa deriva sin necesidad de cerrarla, dejar que el pensamiento ocurra en el tiempo, con sus desvíos, sus repeticiones, sus dudas, como si la escritura misma fuera ya una forma de responder a la pregunta que la origina.

Mi demora en responderte —y esto lo digo ahora de manera más consciente— no es una falla, sino una forma de habitar ese tiempo, de no responder automáticamente, de no reducir la experiencia a reacción, porque si algo parece estar en juego hoy es precisamente eso: la posibilidad de que la imagen —y lo que hacemos con ella— no se someta del todo a la lógica de la inmediatez.

Entonces, entre lo que propones tú, lo que sugiere Michael Taussig, lo que exige Viktor Kosakovsky y lo que esta forma de escritura permite, empieza a dibujarse un territorio en el que la estética deja de ser una cuestión de estilo para convertirse en algo más complejo: una ética sensible, una responsabilidad que no se juega únicamente en lo que mostramos, sino en cómo lo hacemos, en cuánto tiempo pedimos y en qué somos capaces de devolver.

Y quizá —aunque no estoy del todo seguro— ahí es donde todavía puede aparecer algo parecido a la belleza: no en la perfección del plano, sino en ese momento en que, a pesar de todo, alguien al otro lado siente que el tiempo que entregó no fue simplemente consumido, sino transformado.

Atenta y cariñosamente,
Juanpa. 

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